Amanda Jo Wildey, antropóloga, amante del chocolate y fundadora de El Cacaotal, elaboraba su tesis de maestría en 2014 cuando decidió entender a quiénes les vendían su cacao los productores peruanos. Gracias al esfuerzo por desenredar ese misterio, diez años después crea El Cacaotal, la tienda limeña que reúne chocolates de distintas regiones del país y cuenta la cadena que hay detrás de cada barra.
Con 20 marcas de chocolate de distintas partes del país, cada una con su propia historia, Amanda considera que El Cacaotal hoy se ha convertido, en realidad, en una biblioteca comestible de chocolates, los mejores, por cierto, del país, según afirma.
Y no se trata simplemente de reunir productos. Wildey selecciona personalmente cada marca que ingresa a partir de dos criterios centrales: calidad y ética. Además, respalda esa selección con formación técnica, debido a que se certificó como catadora de chocolate y así trabajar con los perfiles sensoriales para evaluar los productos de manera estandarizada.
Desde el punto de vista ético, la selección de Wildey incluye que los chocolateros mantengan una relación directa con los productores, ya sea comprando a familias o a cooperativas. No todos los productos que llegan a El Cacaotal cumplen necesariamente con ese modelo, así que la trazabilidad y la forma en que cada marca construye su cadena son parte de la información que ella misma busca conocer antes de incorporar un producto nuevo.

Actualmente, calcula que cerca de la mitad de las marcas que comercializa producen su propio chocolate a partir del cacao que obtienen. Entre ellas hay familias que han logrado controlar distintas etapas del proceso y desarrollar chocolates de alta calidad.
Lo que más le interesa a Wildey es justamente lo que ocurre detrás de cada marca: productores de tercera generación, una contadora que decidió crear su propia línea de chocolate a los 58 años, una enfermera pediatra de Lima vinculada a una familia cacaotera de Piura que terminó participando en investigaciones sobre el cacao de su región, o una pareja limeña que dejó la ciudad para trasladarse a Shazuta y comprar una finca dedicada al cultivo.
“Todo chocolate delicioso que podemos disfrutar es gracias al trabajo meticuloso de un productor”, afirma.
Son historias distintas entre sí, pero comparten el interés por mantener viva la cadena. Para Wildey, no basta con saber si un chocolate tiene notas frutales, florales o amargas; también importa de dónde viene el cacao y quién decidió apostar por producirlo o transformarlo.
La diversidad también tiene sus riesgos logísticos. Los chocolates y productos de cacao de distintas regiones deben recorrer distancias importantes para llegar a Lima, la mayoría desde el corazón de la selva, por lo que existen dificultades reales relacionadas con el transporte y con las condiciones de calidad en el campo.
El Cacaotal se ha hecho conocido entre consumidores interesados en el chocolate peruano y también entre visitantes que llegan buscando conocer la diversidad de productos que se están desarrollando en el país. Para Wildey, ese interés tiene que ver con algo más que el chocolate: es la oportunidad de mostrar lo que ocurre en distintas regiones, conocer a los productores y entender cómo una misma materia prima puede transformarse en productos con características y relatos completamente distintos.



