Durante mucho tiempo se pensaba que la actividad empresarial y la conservación caminaban por cuerdas separadas.
Sin embargo, las Áreas de Conservación Privada (ACP) muestran que propietarios, organizaciones y empresas pueden asumir un rol concreto en la protección del patrimonio natural. Esta figura comenzó a incorporarse en la legislación peruana en 1997, con la Ley de Áreas Naturales Protegidas, y fue reglamentada en 2001. Así se reconoció formalmente el trabajo de ciudadanos y propietarios que ya desarrollaban acciones de conservación, investigación y ecoturismo dentro de sus predios.
Pero el reconocimiento legal es apenas el punto de partida. Conservar implica gestionar el territorio, destinar recursos, económicos y humanos, de manera sostenida, vigilar el ecosistema, ordenar sus diferentes usos y construir alianzas que permitan mantenerlo en el tiempo. Es un proceso costoso y complejo, especialmente en espacios sometidos a una creciente presión urbana.
El Santuario de Amancay, gestionado por UNACEM Perú, es un ejemplo de esa evolución. Lo que comenzó hace más de 25 años con la protección de 70 hectáreas alrededor de la flor de Amancay hoy comprende 787 hectáreas, que alberga al menos 126 especies de flora y 49 de fauna, y que han sido reconocidas como la primera Área de Conservación Privada de Lima Metropolitana.
La Buena Práctica conversó con Pedro Gamboa Moquillaza, subgerente de Gestión de Activos Ambientales de UNACEM Perú, quien nos explicó por qué conservar un ecosistema supone mucho más que proteger un espacio. También requiere dialogar con quienes lo utilizan, ordenar actividades como el deporte de naturaleza, involucrar a las comunidades y enfrentar amenazas como el avance de la urbanización.
“No es la norma la que protege un espacio. Lo que se necesita es hacer actividad, desde conservación, aprovechamiento sostenible, educación, turismo, entre otras actividades. Tenemos una visión de círculo virtuoso de la conservación. Conservamos ecosistemas, estos generan beneficios que ayudan a la población, y la población ayuda a conservar estos ecosistemas”, explica Gamboa precisando que el mayor desafío es que las actividades que se realicen en el santuario sean sostenibles.
Por ello, uno de los retos es lograr que los distintos actores encuentren valor en la conservación y contribuyan a sostener este círculo virtuoso que beneficie tanto al ecosistema como a su entorno.
En el caso de esta empresa, la conservación forma parte de su estrategia para alcanzar la carbono neutralidad al 2050, junto con medidas más específicas de algunas de sus empresas, que pasan, por ejemplo, por utilizar fuentes de energía alternativas o reducir el contenido de clínker en el cemento.
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